Nací en la ciudad más hermosa del mundo, con su smog, sus banquetas atascadas, en los brazos de una familia neurótica y chiquita. ¡Soy un árbol!-gritaba al crecer- ¡soy un árbol y todas las hormigas y este lápiz!
Mi infancia se mantiene intacta en un baúl humedo de la memoria, dónde guardo tortas de nata, parques secretos, olor a abuelito, papeles y acuarelas, vestidos con flores y un perro de mentiras llamado Kiwi.
Mi madre se encargó de enseñarme a leer desde los 4 años a pesar de mi enfado y mi incomprensión sobre la utilidad de un montón de garabatos. Jamás accedió a mis ataques de ira y hasta hoy día le doy las gracias por ello.
Me volví mayor dándole ordenes a todos y creyendo firmemente en mi poder de salirme con la mía. Me enamoré a los 8 y me gané una medalla escolar a los 9. Mis papás hablaron de ella con orgullo hasta los 20.
Mi hermano me heredó la importancia de ser importante y las notas de la guitarra que ya no recuerdo.
Mi hermana me enseñó a no bajar la cabeza y a ayudar a otros haciendo uso de la imaginación y la paciencia.
Conocí desde muy chica los celos, la envidia, la injusticia, la soledad. Todo ello en ambos sentidos del camino.
Nunca aprendí a ser discreta, oportuna,a leer mapas, a contar chistes. Me dediqué a rescatar desahuciados, adornar mis paredes y llenar libretas con poemas por ambición.
En algún momento de la pubertad aún creía que podía ser doctora y tener una familia grande. Luego me topé con mis clases de filosofía y una generación de soñadores independientes.
Intenté la yoga, los juegos de pelota, la ropa elegante, las perforaciones corporales, los coqueteos al atardecer. Me embriagué 3 veces a la semana con las mujeres más inteligentes y tristes que me encontré. Y grité al viento por no saber de lo que trata la vida.
Fuí al psicólogo, a otras ciudades, a muchos sillones, a la cama sin sueño, a la locura sin razón.
Descubrí la luz que vive en mi; la pude ver sin mirar nada y me llenó el alma de algo que aún no puedo explicar.
Me preguntaron un día lo que quería estudiar. Luego lo empezaron a preguntar más seguido y me senté al borde de un hoyo negro por meses. Hice listas con mis cualidades sobresalientes y mis oportunidades realistas. No importó. Estudié comunicación, literatura, periodismo, derecho, 2 o 6 ingenierías. En la vida sólo quise ser grande.
Mi papá me enseñó a fingir no entender para reírme de la gente y a usar un destornillador.
Fui corriendo a Africa a observar animales en cuánto tuve dinero de mi primer trabajo en una editorial. Luego viajé a las 6 playas más hermosas según Google. Me perdí un poco más en el camino. Regresé a México para finalmente mudarme a mi propia casa y no causar ansiedad innecesaria en los demás. Elegí la más vieja y destruida que encontré.Y pasé en ella los días más felices de mi vida tomando café una vez por tarde, con mis cartas de Tarot, leyendo todos los libros que anoté en una lista por años.
Nunca quise hijos. Pero sí un gato y un perro. Los tuve después de un pes, una planta, un pato y un puerquito doméstico.
Perdí la verguenza, el miedo, disfrutaba sentirme libre en todo lugar. Sólo en el fondo seguía imaginando locuras y, victima dichosa de mis ataques de ansiedad, decidí escribir mi primer libro. Dejé el cigarro.
Conocí el amor de mi vida otra vez, y compartí la vida desde sus ojos mientras le dabamos la vuelta al mundo. Me entusiasmé conociendo banquetas de los lugares más olvidados, entre sonrisas de todas las nacionalidades.
En la época más ocupada de mi vida, hice uso de todo lo aprendido para acabar de alguna sospechosa e inocente manera metida en la política. Primero como investigadora, creadora de discursos gubernamentales y finalmente como destructora del sistema educativo en México (Amen).
Dí clases en comunidades rurales, me sentí maravillosa, tomé clases de cocina, de salsa, de culturas prehispánicas. Me gané una o muchas becas para estudiar literatura.
Murió el gato, también el perro. Conocí diferentes caras del amor en mi casa vieja, llena de besos y pinceladas. Cambié mi maquina de escribir al suelo. Volví con el cigarro.
Me hice grande porque entendí la verdad de tomar decisiones, de poder ser lo que quiera ser, de pagar la luz para no vivir a tientas. Pero espero que volverme grande realmente no me haya arruinado, que tener más años que hae años no me haga olvidar quién soy y de dónde vengo.
Vuelvo cada pocos meses con mi chiquita y neurótica familia para jugar cartas y visitar mi baúl humedo, de hace tanto tiempo. Me recuerdo cuando puedo, cuando hay vacíos, cuando no veo nada, que soy un árbol, y todas las hormigas, y éste lápiz...
México, D.F junio 2045.