Todito

lunes, 15 de enero de 2018

De la ciudad

Está ciudad está loca. Llevo unos cuantos días aquí y el smog ya hidrata mis pulmones. También las paredes viejas de ventanas rotas ya iluminan mis ojos. Vi a un chavo escondiendo un perrito en su camisa para entrar al metro, y a un señor policía que lo observó con una sonrisa. Vi a un supuesto compositor vendiendo sus supuestos discos, y luego un señor detrás de él, advirtiéndole a la gente que no confiara en drogadictos. 
Me dicen señorita muchas veces y nadie cree que tenga 20 años, lo que parece ser una observación universal. 
La roomie hizo gelatina de leche y le invitó a todos menos a mi, pero yo hice tortillas con frijoles y le invité varias veces, aceptando sus negaciones. Soy una intrusa en esta casa, al igual que en esta ciudad, aunque parezca que hay demasiada gente para ser siquiera notada. Las personas se dan cuenta que observo mucho los letreros en las calles y camino como si estuviera huyendo y hablo como una niña pequeña que ha perdido a su perrito de peluche. 
Mi jefe dice que soy muy aventada y me gusta como me miran cuando les platico lo que hago; jamás pensé que en esta ciudad YO resultaría ser una mujer interesante. Por lo pronto ya no tengo miedo de cortar cebolla ni de atender personas en un restaurante. Creo que hay algo de magia en esta locura. Y la magia no se compra con capuccinos diarios ni 700$ semanales. 
El día que me tocó trabajar con puras niñas me hicieron lavar el baño, las paredes, las calderas y también aprenderme todos los sabores de té; hoy que estuve con puros niños no me dejaron ni cargar la basura ni acercarme al aceite caliente ni desgastar demasiado mis dedos. Qué curiosito eh. 
Tengo hambre, mi mochila está vacía y estoy sola en el cuarto de Grecia fumigando las paredes con el humo de mis cigarros. En unos días ya no me va a alcanzar ni para fumar, lo cual seguro alegrará a unos cuantos. Estoy ansiosa de todo; esta ciudad me hace recordar lo inmenso que es el mundo en realidad y las posibilidades que se esconden en los recovecos de las  millones de puertas. 
Hasta el momento, esta ciudad de perros y ocultistas ya me enseñó a dar besos de merengue y abrazos de tamal.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Ser grande.

Nací en la ciudad más hermosa del mundo, con su smog, sus banquetas atascadas, en los brazos de una familia neurótica y chiquita. ¡Soy un árbol!-gritaba al crecer- ¡soy un árbol y todas las hormigas y este lápiz!
Mi infancia se mantiene intacta en un baúl humedo de la memoria, dónde guardo tortas de nata, parques secretos, olor a abuelito, papeles y acuarelas, vestidos con flores y un perro de mentiras llamado Kiwi.
Mi madre se encargó de enseñarme a leer desde los 4 años a pesar de mi enfado y mi incomprensión sobre la utilidad de un montón de garabatos. Jamás accedió a mis ataques de ira y hasta hoy día le doy las gracias por ello.
Me volví mayor dándole ordenes a todos y creyendo firmemente en mi poder de salirme con la mía. Me enamoré a los 8 y me gané una medalla escolar a los 9. Mis papás hablaron de ella con orgullo hasta los 20.
Mi hermano me heredó la importancia de ser importante y las notas de la guitarra que ya no recuerdo.
Mi hermana me enseñó a no bajar la cabeza y a ayudar a otros haciendo uso de la imaginación y la paciencia.

Conocí desde muy chica los celos, la envidia, la injusticia, la soledad. Todo ello en ambos sentidos del camino.
Nunca aprendí a ser discreta, oportuna,a leer mapas, a contar chistes. Me dediqué a rescatar desahuciados, adornar mis paredes y llenar libretas con poemas por ambición.
En algún momento de la pubertad aún creía que podía ser doctora y tener una familia grande. Luego me topé con mis clases de filosofía y una generación de soñadores independientes.
Intenté la yoga, los juegos de pelota, la ropa elegante, las perforaciones corporales, los coqueteos al atardecer. Me embriagué 3 veces a la semana con las mujeres más inteligentes y tristes que me encontré. Y grité al viento por no saber de lo que trata la vida.
Fuí al psicólogo, a otras ciudades, a muchos sillones, a la cama sin sueño, a la locura sin razón.
Descubrí la luz que vive en mi; la pude ver sin mirar nada y me llenó el alma de algo que aún no puedo explicar.

Me preguntaron un día lo que quería estudiar. Luego lo empezaron a preguntar más seguido y me senté al borde de un hoyo negro por meses. Hice listas con mis cualidades sobresalientes y mis oportunidades realistas. No importó. Estudié comunicación, literatura, periodismo, derecho, 2 o 6 ingenierías. En la vida sólo quise ser grande.

Mi papá me enseñó a fingir no entender para reírme de la gente y a usar un destornillador.

Fui corriendo a Africa a observar animales en cuánto tuve dinero de mi primer trabajo en una editorial. Luego viajé a las 6 playas más hermosas según Google. Me perdí un poco más en el camino. Regresé a México para finalmente mudarme a mi propia casa y no causar ansiedad innecesaria en los demás. Elegí la más vieja y destruida que encontré.Y pasé en ella los días más felices de mi vida tomando café una vez por tarde, con mis cartas de Tarot, leyendo todos los libros que anoté en una lista por años.

Nunca quise hijos. Pero sí un gato y un perro. Los tuve después de un pes, una planta, un pato y un puerquito doméstico. 
Perdí la verguenza, el miedo, disfrutaba sentirme libre en todo lugar. Sólo en el fondo seguía imaginando locuras y, victima dichosa de mis ataques de ansiedad, decidí escribir mi primer libro. Dejé el cigarro.
Conocí el amor de mi vida otra vez, y compartí la vida desde sus ojos mientras le dabamos la vuelta al mundo. Me entusiasmé conociendo banquetas de los lugares más olvidados, entre sonrisas de todas las nacionalidades.

En la época más ocupada de mi vida, hice uso de todo lo aprendido para acabar de alguna sospechosa e inocente manera metida en la política. Primero como investigadora, creadora de discursos gubernamentales y finalmente como destructora del sistema educativo en México (Amen).
Dí clases en comunidades rurales, me sentí maravillosa, tomé clases de cocina, de salsa, de culturas prehispánicas. Me gané una o muchas becas para estudiar literatura.

Murió el gato, también el perro. Conocí diferentes caras del amor en mi casa vieja, llena de besos y pinceladas. Cambié mi maquina de escribir al suelo. Volví con el cigarro.
Me hice grande porque entendí la verdad de tomar decisiones, de poder ser lo que quiera ser, de pagar la luz para no vivir a tientas. Pero espero que volverme grande realmente no me haya arruinado, que tener más años que hae años no me haga olvidar quién soy y de dónde vengo.
Vuelvo cada pocos meses con mi chiquita y neurótica familia para jugar cartas y visitar mi baúl humedo, de hace tanto tiempo. Me recuerdo cuando puedo, cuando hay vacíos, cuando no veo nada, que soy un árbol, y todas las hormigas, y éste lápiz...


México, D.F junio 2045.

Vivir no es igual que existir: Crónica, Parte II



No recuerdo cuántos días llevábamos en la sierra cuando me abandonó la necesidad desesperada de bañarme o arreglarme exhaustivamente: no cabían esas preocupaciones en un lugar así. Tampoco tuve tiempo para pensar en comprar recuerditos para las personas que me esperaban en casa. De ratos, me sentía más en casa que nunca antes. Y ese sentimiento no pudo desaparecer ni con el brote de algunas peleas o la obvia separación del grupo; una bocina comprada en el tianguis días antes y las botellas de mezcal que quedaban, supieron unirnos sin cuestionamiento a los 13.  El motivo de la separación era la diferencia de intención con la que hicimos el viaje. La mitad esperaba 6 días de estar al borde de la congestión alcohólica, comprando cosas inservibles, cantando a todo pulmón hasta que amaneciera, e involucrándose con el mayor número de extranjeros posibles. Incluso regresaron a casa con unos tatuajes preciosos hechos en medio del cerro. Los demás, aprendimos un concepto distinto de la libertad, y queríamos pasar las noches tocando la guitarra, tomando cerveza y hablando de la vida que nos esforzábamos por entender. Pronto descubrimos que no había nada que entenderle, que todo está frente a los ojos, entre las manos. La felicidad que descubrí existía por si misma, no había manera de sentir algo más en ese bellísimo pedazo del mundo, no había una sola distracción del cielo, los pájaros, los insectos, la madera. Cada noche, la chimenea de la cabaña era un regalo para mis pies, el silencio era pura comodidad, la risa sincera era mejor que cualquier invento tecnológico que conociéramos, la niebla que cubría absolutamente todo el paisaje en unas horas era un suceso mágico. Mi corazón explotaba de vida: no quería irme jamás.


El último día por la mañana, bajamos todos juntos a recepción a comer nuestro último desayuno continental y convivimos como de costumbre. Hicimos un largo paseo por el pueblo, compramos el último tazón de chocolate caliente, fuimos a poner canciones a la rocola y a pedir una pasta gigante para todos. Salí al mirador a despedirme de la sierra mientras encendía un cigarro, y me encontré con Grecia y Néstor haciendo lo mismo, mirando la imponente niebla en medio de un abrazo. “¿Ya empezó a hacer frio, no?” tirité de pies a cabeza. “Únete al abrazo, carnal” me dijo Néstor con una sonrisa abriéndome los brazos. Nos quedamos fuertemente sostenidos los tres, como si no quisiéramos ni necesitáramos soltarnos jamás, secando nuestras lágrimas, susurrando un amor cálido y sincero. No sé si pasaron 2 o 30  minutos, pero fue el abrazo más dulce que recuerdo haber sentido, y las lágrimas más felices que he derramado hasta hoy.
Tomamos nuestras últimas fotografías en el paisaje y entramos con todos los demás. Sus risas desafinadas inundaban el lugar, como siempre. La mitad tatuada del grupo cargaba con una fatiga acumulada en sus rostros, y cuando caminamos con las mochilas en la espalda hacia la camioneta que nos esperaba, tenían un semblante de muerte. Nos reímos de su increíble resaca. El camino de regreso del pueblo a las cabañas, lo hice con Alejandro colgada de su brazo. Nos invadía una melancolía de la que no nos animábamos a hablar para no desperdiciar ni un instante del paraíso que se extendía a nuestros pies.

Cerré los ojos y respiré profundo. “Hasta siempre”.

Vivir no es igual que existir: Crónica de viaje a Oaxaca, Parte I



La mañana que llegamos a Oaxaca de Juarez, aún estaba el cielo oscuro. Fue la primera vez que tomé un mapa en mi vida y comencé a guiar a 12 personas a través de las calles de la ciudad. Nadie habló durante 14 cuadras porque el peso de las mochilas en nuestra espalda y el calor aumentado con el amanecer era abrumador. Pronto la luz del día nos reveló una pintoresca ciudad, con calles muy anchas y empedradas, casas viejas, coloridas, anuncios de mezcal, perros callejeros y faros apagados colgando de las paredes.
El lugar elegido por excelencia para comer, es el mercado de la ciudad que está en el Centro Histórico, a 10 minutos caminando del hostal donde nos hospedamos; ahí se consiguen todos los platillos regionales desde 40 pesos: tlayudas, enmoladas, cecina, tamales, chocolate con leche, entomatadas, chapulines con chile etc. Todo estaba tan bien servido, que sólo era necesaria una comida al día para quedar más que satisfecho del estómago y el corazón. Mientras comía aquella delicia de mole rojo, comencé a notar el gran contraste entre las personas que me rodeaban y que nos acompañaría todo el viaje: por un lado, estaban todos los extranjeros y turistas que, como nosotros, veían cada pared con asombro, resplandecían de alegría y curiosidad, paseaban con calma en zapatos cómodos y preguntaban precio y origen de todo lo que se cruzaba en sus vistas; por otro lado, estaban los lugareños, oaxaqueños de nacimiento, vendiendo con desesperación y enfado, escondiendo fatiga tras su tez morena y mirando rencorosos a los visitantes. Parecían cansados de la curiosidad extranjera y enfadados por la rutina.
 

Esa primera noche en Oaxaca, cuando sentados en círculo con la guitarra compartimos 3 botellas de mezcal, pensé que viajar en un grupo de 13 personas no había sido una idea tan terrible; llevábamos suficientes gustos musicales, 4 sentidos del humor distintos, la prudencia de Néstor, Axel y Pablo, la sonrisa de Quique y Fabiana, los gritos de Frida, la hipocondría de Diana, el silencio de Alejandro, los pies izquierdos de Grecia, la neutralidad de Josse y Moncho y el amor de Paula. Me sentía protegida entre mis viejos amigos y las preocupaciones del inicio dejaron de existir; no importaba que fuera nuestro primer viaje, ni nuestros 18 recién cumplidos, ni todos los pleitos, enredos amorosos y confusiones a lo largo de los años. Estábamos ahí unos para otros, compartiendo un entusiasmo nuevo y dispuestos a maravillarnos al lado del otro.
La segunda mañana comenzamos el viaje al paraíso de San José del Pacifico. Fueron 2 horas de cantar entre gritos y euforia, mientras el paisaje iba atrapando nuestras pupilas. Cuando baje de la camioneta, respiré el aire puro de la sierra por primera vez en mi vida y me inundó una tranquilidad indescriptible. Al pie de la angosta carretera apareció el primero de muchos perros callejeros que nos acompañaron a lo largo del viaje; lo alimentamos con pan mientras todos tomaban sus primeras fotografías con el impresionante bosque a sus espaldas. Nuestras 4 cabañas estaban en medio de la espesura verde, conectadas por caminitos de cemento que bajaban por el cerro, haciendo toda una aventura de las caminatas. Para llegar al pueblo (que mide menos de una cuadra), se debe caminar 500 metros sobre la carretera, lo cual nos permitió admirar varias veces el paisaje que se abría a nuestros pies
.
Desde el momento que cruzamos el primer y único letrero de “Bienvenidos a San José del Pacifico”, nos vimos interceptados por los residentes del pueblo que querían vendernos todos sus trabajos. Yo pedí un tazón gigante de chocolate caliente mientras escuchaba a un tal Señor Navarro hablar sobre la belleza de sus temazcales para la desintoxicación de la mente y el cuerpo. Reí al recordar las 50 cajetillas de cigarros que llevaba repartidas en las mochilas para todos. Quique no cabía en si de la emoción mientras Navarro explicaba extasiado la ceremonia: “todos entran al iglú de piedra, con las piedras calientes al centro y yo vacío 4 tipos de tés diferentes en ellas hasta que el vapor los invada de píes a cabeza, abriendo todos sus poros, relajando sus almas y desechando lo inservible del cuerpo”. Luego comenzó a comparar la sierra y la vida, con frases que me parecieron demasiado ensayadas y dichas en un tono de sabiduría exagerado. 

Los siguientes  días lidiamos con vendedores igual o más experimentados que el primero, vendiendo la idea de una purificación espiritual para terminar ofreciendo su amplio catálogo de drogas. En San José, la policía no tiene entrada porque los hongos alucinógenos son utilizados en rituales de sanación y ceremonias sagradas desde tiempos muy antiguos por las personas del lugar. Pero en las últimas décadas,  se ha convertido en una atracción turística mundial, poniendo en peligro la verdadera
intención de la siembra de las setas mágicas. Las mujeres del pueblo, desesperadas por mantener las tradiciones ancestrales y evitar la creación de un agujero de vicio, miran recelosas a los hombres cuando se alejan con los turistas curiosos a traficar todo tipo de alucinógenos naturales. Pero la comunidad machista en la que viven, no les permite más que observar con enojo y dedicarse a tejer honguitos de todos los tamaños y colores, o a cocinar en los restaurantes para los visitantes.
Puedo decir que lo mejor que nos dio el tal Navarro, fue la recomendación para comer. Nos llevó hasta el final de la cuadra a un rustico restaurante italiano donde dijo que servían unas pastas para morirse. El lugar era acogedor, lleno de objetos alusivos a la marihuana, con una rocola gigantesca en una esquina y unas cuantas mesitas de madera rodeándola. De las paredes colgaban cuadros fantástico, una fotografía de Maria Sabina, de los techos salían lucecitas de colores que complementaban la tenue luz naranja que nos abrazaba. Las ventanas nos revelaban de lleno el atardecer en la bellísima sierra. De pronto, una niebla gris comenzó a tapar completamente los árboles del horizonte, y conforme los minutos avanzaban, la niebla se fue acercando con velocidad hasta tapar prácticamente el paisaje más inmediato de las ventanas. Salimos a la banqueta para observar el fenómeno y nos dimos cuenta de que literalmente estábamos entre las nubes. A lo largo del día, las  nubes comienzan a bajar sobre los árboles, haciéndose más densas y combinándose con la evaporación del agua en el bosque. Yo no podía creer que aquello ocurriera todos los días en ese rincón mágico del mundo, sin señal telefónica, con tres lugares para comer y una tienda, con una población así de pequeña y de vida tan modesta; “no podrían necesitar nada más en el mundo”, pensé. La felicidad llegó a su punto máximo en las noches, cuando  afuera de nuestras cabañas pudimos observar el cielo más limpio y brillante de nuestras vidas. El silencio era tan acogedor y la vista tan espectacular, que a más de uno nos ganaron las lágrimas. Grecia y yo fuimos testigos de varias estrellas fugaces, mientras nos cubríamos en el pasto con cobijas y escuchábamos de fondo las risas ocasionales de los otros 11. “Mujer, creo que definitivamente vamos a ser amigos toda la vida”. 
A pesar de que el pueblo era tan pequeño, cada vuelta encontraba algo que había pasada desapercibido en la vuelta anterior (por más larga que hubiera sido). Todo
estaba lleno de alusiones a los honguitos: las paredes tenían murales, las playeras con diseños, había cientos de trabajos tejidos a mano, libretas, pulseras, dijes, etc. También hice amigos nuevos durante mis caminatas. Conocí gente de Brasil, Francia, Chihuahua, Bélgica, Argentina, Inglaterra, Distrito Federal, Estados Unidos y Guatemala.

Pronto, Alejandro y yo comenzamos a notar que en San José del Pacifico habitaba un misticismo que se infiltraba entre los árboles y entre todas las personas que pasaban por ahí. Varias veces, nos tocó escuchar algunos vendedores, hablando muy naturalmente sobre las conversaciones telepáticas que realizaban con otras personas cuando ya estaban muy adentrados en la sierra; luego los viajeros que íbamos conociendo, lo mencionaron en ocasiones como un suceso normal, aunque extraordinario. Para rematar, empecemos a practicarlo (más de broma que con esperanza) un día que buscábamos a un vendedor de piedras raras. Casi salimos corriendo del susto cuando, después de llamarlo con la mente por unos minutos, apareció de frente caminando hacia nosotros el Señor David, la única persona del pueblo que trabajaba las piedras y vivía sierra arriba. “Miren, qué divertido. Me llamaron con la mente, porque yo no tenía ninguna razón para subir al pueblo hoy”. El suceso excedió nuestra calma y decidimos dejar el asunto por la paz (aunque lo siguientes días, seguimos teniendo contacto mental con David de muchas maneras). También tuvimos una experiencia maravillosa: la serenidad perpetua de la sierra hacía extremadamente fácil entrar en estados de meditación profunda. Yo sigo sin explicarme cómo ocurrió mi desprendimiento del cuerpo. En un momento estaba paseando por los arboles más lejanos pero sin moverme de  lugar, y pude verme sentada desde arriba, sin sentir mi cuerpo como una limitación en el espacio.  Regresé extasiada y un poco confundida, pero decidí atesorar lo ocurrido sólo con Alejandro:nuestro secreto con el  bosque.
David nos enseñó a sentir la energía del bosque. Nos habló de la manera en que todas las personas estamos conectadas por un flujo de vida que a su vez se conecta con todo lo demás. Resultaba fácil concentrarse en circulo y, literalmente, sentirlos a todos como parte de uno mismo pero sin perder su esencia individual
Pasamos algunas tardes recibiendo invitados fuera de las cabañas. Llegaban a saludar y a querer unirse a nuestro circulo de música, porros y risas. Todos llevaban algo para compartir, desde pedazos de pan  hasta historias fantásticas sobre sus viajes. Nunca había visto a personas convivir tan desinteresadamente. Mis 12 amigos estaban felices de recibir invitados y atenderlos durante horas. A algunos les platicamos nuestras historias más legendarias y reímos sin parar. No podían creer que estuviéramos viajando en un grupo tan grande y durante tantos días. La mayoría de los viajeros, iban en parejas, de todas las edades, con muchos y pocos años juntos, compartiendo una mirada de complicidad inconfundible.
Ya en la noche, los invitados se empezaban a ir y los trece seguíamos, sin darnos cuenta, nuestra fiesta: bailamos por todos lados, fumamos en exceso, jugamos cartas, conocimos los labios de cada uno, contamos los secretos más guardados. El cansancio nos obligaba a dormir profundamente algunas horas durante el día, pero cada despertar era una renovación de energía total. Podíamos haber seguido así durante meses.