No recuerdo cuántos días llevábamos en la sierra cuando me abandonó la necesidad desesperada de bañarme o arreglarme exhaustivamente: no
cabían esas preocupaciones en un lugar así. Tampoco tuve tiempo para pensar en
comprar recuerditos para las personas que me esperaban en casa. De ratos, me
sentía más en casa que nunca antes. Y ese sentimiento no pudo desaparecer ni con el
brote de algunas peleas o la obvia separación del grupo; una bocina
comprada en el tianguis días antes y las botellas de mezcal que quedaban,
supieron unirnos sin cuestionamiento a los 13. El motivo de la separación era la diferencia
de intención con la que hicimos el viaje. La mitad esperaba 6 días de estar al
borde de la congestión alcohólica, comprando cosas inservibles, cantando a todo
pulmón hasta que amaneciera, e involucrándose con el mayor número de
extranjeros posibles. Incluso regresaron a casa con unos tatuajes preciosos
hechos en medio del cerro. Los demás, aprendimos un concepto distinto de la
libertad, y queríamos pasar las noches tocando la guitarra, tomando cerveza y
hablando de la vida que nos esforzábamos por entender. Pronto descubrimos que
no había nada que entenderle, que todo está frente a los ojos, entre las manos.
La felicidad que descubrí existía por si misma, no había manera de sentir algo
más en ese bellísimo pedazo del mundo, no había una sola distracción del cielo,
los pájaros, los insectos, la madera. Cada noche, la chimenea de la cabaña era
un regalo para mis pies, el silencio era pura comodidad, la risa sincera era
mejor que cualquier invento tecnológico que conociéramos, la niebla que cubría
absolutamente todo el paisaje en unas horas era un suceso mágico. Mi corazón
explotaba de vida: no quería irme jamás.
El último día por la mañana, bajamos todos juntos a recepción a comer
nuestro último desayuno continental y convivimos como de costumbre. Hicimos un
largo paseo por el pueblo, compramos el último tazón de chocolate caliente,
fuimos a poner canciones a la rocola y a pedir una pasta gigante para todos.
Salí al mirador a despedirme de la sierra mientras encendía un cigarro, y me
encontré con Grecia y Néstor haciendo lo mismo, mirando la
imponente niebla en medio de un abrazo. “¿Ya empezó a hacer frio, no?” tirité de pies a cabeza. “Únete
al abrazo, carnal” me dijo Néstor con una sonrisa abriéndome los brazos. Nos
quedamos fuertemente sostenidos los tres, como si no quisiéramos ni
necesitáramos soltarnos jamás, secando nuestras lágrimas, susurrando un amor
cálido y sincero. No sé si pasaron 2 o 30
minutos, pero fue el abrazo más dulce que recuerdo haber sentido, y las
lágrimas más felices que he derramado hasta hoy.
Tomamos nuestras últimas fotografías en el
paisaje y entramos con todos los demás. Sus risas desafinadas inundaban el lugar, como siempre. La mitad tatuada del grupo cargaba con una fatiga acumulada en sus
rostros, y cuando caminamos con las mochilas en la espalda hacia la camioneta
que nos esperaba, tenían un semblante de muerte. Nos reímos de su increíble resaca. El camino de regreso del pueblo a las cabañas, lo hice con Alejandro colgada de su brazo. Nos invadía una melancolía
de la que no nos animábamos a hablar para no desperdiciar ni un instante del
paraíso que se extendía a nuestros pies.
Cerré los ojos y respiré
profundo. “Hasta siempre”.
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