Todito

viernes, 18 de noviembre de 2016

Vivir no es igual que existir: Crónica, Parte II



No recuerdo cuántos días llevábamos en la sierra cuando me abandonó la necesidad desesperada de bañarme o arreglarme exhaustivamente: no cabían esas preocupaciones en un lugar así. Tampoco tuve tiempo para pensar en comprar recuerditos para las personas que me esperaban en casa. De ratos, me sentía más en casa que nunca antes. Y ese sentimiento no pudo desaparecer ni con el brote de algunas peleas o la obvia separación del grupo; una bocina comprada en el tianguis días antes y las botellas de mezcal que quedaban, supieron unirnos sin cuestionamiento a los 13.  El motivo de la separación era la diferencia de intención con la que hicimos el viaje. La mitad esperaba 6 días de estar al borde de la congestión alcohólica, comprando cosas inservibles, cantando a todo pulmón hasta que amaneciera, e involucrándose con el mayor número de extranjeros posibles. Incluso regresaron a casa con unos tatuajes preciosos hechos en medio del cerro. Los demás, aprendimos un concepto distinto de la libertad, y queríamos pasar las noches tocando la guitarra, tomando cerveza y hablando de la vida que nos esforzábamos por entender. Pronto descubrimos que no había nada que entenderle, que todo está frente a los ojos, entre las manos. La felicidad que descubrí existía por si misma, no había manera de sentir algo más en ese bellísimo pedazo del mundo, no había una sola distracción del cielo, los pájaros, los insectos, la madera. Cada noche, la chimenea de la cabaña era un regalo para mis pies, el silencio era pura comodidad, la risa sincera era mejor que cualquier invento tecnológico que conociéramos, la niebla que cubría absolutamente todo el paisaje en unas horas era un suceso mágico. Mi corazón explotaba de vida: no quería irme jamás.


El último día por la mañana, bajamos todos juntos a recepción a comer nuestro último desayuno continental y convivimos como de costumbre. Hicimos un largo paseo por el pueblo, compramos el último tazón de chocolate caliente, fuimos a poner canciones a la rocola y a pedir una pasta gigante para todos. Salí al mirador a despedirme de la sierra mientras encendía un cigarro, y me encontré con Grecia y Néstor haciendo lo mismo, mirando la imponente niebla en medio de un abrazo. “¿Ya empezó a hacer frio, no?” tirité de pies a cabeza. “Únete al abrazo, carnal” me dijo Néstor con una sonrisa abriéndome los brazos. Nos quedamos fuertemente sostenidos los tres, como si no quisiéramos ni necesitáramos soltarnos jamás, secando nuestras lágrimas, susurrando un amor cálido y sincero. No sé si pasaron 2 o 30  minutos, pero fue el abrazo más dulce que recuerdo haber sentido, y las lágrimas más felices que he derramado hasta hoy.
Tomamos nuestras últimas fotografías en el paisaje y entramos con todos los demás. Sus risas desafinadas inundaban el lugar, como siempre. La mitad tatuada del grupo cargaba con una fatiga acumulada en sus rostros, y cuando caminamos con las mochilas en la espalda hacia la camioneta que nos esperaba, tenían un semblante de muerte. Nos reímos de su increíble resaca. El camino de regreso del pueblo a las cabañas, lo hice con Alejandro colgada de su brazo. Nos invadía una melancolía de la que no nos animábamos a hablar para no desperdiciar ni un instante del paraíso que se extendía a nuestros pies.

Cerré los ojos y respiré profundo. “Hasta siempre”.

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